Como dice mi primo Pablo: "Si me retan, yo lo hago". Pues tal cual nuestra tía Chimo nos propuso ir a la playa de madrugada.
Fue hace un par de veranos cuando llegamos mi hermano y yo a Marbella. Alrededor de las 22:00 nos reunimos, como siempre, todos los primos en casa de una de mis tías. Nos pusimos al día como más nos gusta... en la Play y el ordenador.
Después de 6 horas de estar dándole a las teclas, estábamos cansados y mi tía Chimo se despertó para ir a trabajar. Nos vio allí y nos propuso ir a la playa a esas horas. Nosotros la preguntamos si estaba loca o simplemente es que teníamos todos mucho sueño y no habíamos escuchado bien. Después de debatir si debíamos salir o no, lo hicimos. Salimos por la puerta grande (la del portal) con ropa de abrigo y unas toallas; nada más. Lo que nos quedaba de noche prometía.
Empezamos a andar desde casa de mi primo Pablo (que era donde estábamos) hasta la playa. No me acuerdo que íbamos hablando por el camino pero fue poco, si no, lo recordaría.
Después de andar un cacho hasta Puerto Banús (que está bien lejillos y mis patas lo sufrieron), llegamos a la playa. Nos tumbamos en las hamacas de un restaurante que estaba cerrado debido a las altas horas de la madrugada y nos quedamos fritos.
A la mañana siguiente, un maravilloso resplandor del sol nos despertó... un resplandor y la voz de mi primo Ricardo, que se hizo pasar por el dueño de las hamacas y nos acojonó vivos. Nos medio-despertamos ya que estábamos reventados por haber dormido unas pocas horas. Pero el remate para despejarnos fue el mojón que plantó Ricardo en toda la arena que olía peor que un cadáver descompuesto. Además tenía más tamaño que un chihuahua. La enterraron cual cadáver y nos fuimos de allí.
Mis primos y yo siempre hemos comido como si nos fuera la vida en ello. Disfrutamos con la comida y por ello fuimos a ver qué podíamos sacar para desayunar teniendo 60 céntimos.
Entramos a un Open-Cor del puerto para encontrar el papeo. Con el escaso presupuesto, cogieron un paquete de tostas con ajo. Pagamos y arramplamos en cero coma con la bolsa. Esto calmó un poco el hambre.
Pero como he dicho, no somos fácilmente saciables y aprovechando que había una fuente, sacamos las monedas que habían allí y recaudamos 27 céntimos. Como no nos llegaba para nada, se me ocurrió pedir dinero a la gente para desayunar. Me descoloqué un poco la camiseta, me revolví el pelo y las 4 rastas (hoy 32) que para entonces llevaba hicieron el resto. Con la excusa de "Señora, ¿me presta un euro para llamar a la cabina?" no saqué ni un euro. Las señoras me miraban como si necesitara el dinero para comprarme el cartón de vino Don Simón ya que lo pedía con una voz desgarradora para apelar sus sentimientos. Pero las ricachonas gordas y tacañas de Marbella no soltaron un duro y como no quería seguir haciendo el ridículo, entramos a ver qué podíamos comprar.
Finalmente el lote fue un paquete de salchichas, pero debido a que habían 4 y somos 5, y a que rozo el vegetarianismo, no comí ninguna. Pero me alegró ver a mis primos contentos por el desayuno. Yo también lo estaba. Si es que... ¡Lo que hay que hacer para sacar la familia adelante!

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